Hijo de Zebedeo
(30 de Abril)
El Santo Jacobo, el hijo de Zebedeo y hermano del Santo evangelista Juan el Teólogo, fue uno de los doce Apóstoles elegidos por el Señor entre los sencillos pescadores, para que fuera su discípulo. Llamado por Jesucristo, Jacobo, junto con su hermano, abandonó a su padre, el bote y las redes de pescar, y se unió a Cristo (Mateo 4:21-22), siguiéndolo por todas partes, escuchándole su predicación y viendo los milagros que él obraba. El Señor llegó a estimar tanto a ambos hermanos que a Juan le permitió reclinarse en su seno (Juan 13:23) y prometió dar de beber a Jacobo en el mismo vaso que el había usado (Mateo 20:22-23). Los Apóstoles también llegaron a querer tanto a su Señor y le demostraron su lealtad queriendo hacer caer fuego del cielo sobre los descreyentes para destruirlos (Lucas 9:54); lo habrían hecho si no hubiese sido por nuestro misericordioso Señor Jesucristo, quien se los prohibió. El Señor daba preferencia a estos dos Apóstoles, Jacobo y Juan, así como al Apóstol Pedro, cuando les reveló principalmente Su carácter divino y sus misterios; como cuando sucedió, por ejemplo, en el monte Tabor, cuando el Señor, deseando demostrar la gloria de Su divinidad, llevó a Pedro, Jacobo y Juan allí, donde se transfiguró ante ellos (Mateo 17:1 y ss.).
Después del sufrimiento voluntario y de la resurrección y ascensión de nuestro Señor, y del descenso del Espíritu Santo, el Santo Apóstol Santiago viajó a España y otros países para predicar la palabra de Dios. Posteriormente regresó a Jerusalén, donde se convirtió para los judíos en una amenaza como el trueno (Marcos 3:17), porque con valentía y abiertamente anunciaba a Jesucristo, proclamándolo como el verdadero Mesías, el Salvador del mundo. Jacobo se ponía a discutir con los fariseos y los escribas, denunciándolos y reprochándoles por su corazón duro y su descreimiento. Sintiéndose incapaces de enfrentarse con él, llamaron a cierto hechicero de nombre Hermógenes para que debatiera con él y lo pusiera en vergüenza. Pero el mago se rehusó a hacerlo porque era una persona orgullosa y en su lugar envió a un discípulo suyo, llamado Fileto, diciendo: “No sólo yo mismo, sino que hasta mi discípulo hará que Jacobo sea incapaz de ganar en discusiones.”
Cuando Fileto fue a conversar con el Santo Apóstol, vio que no tenía base para oponer a la sabiduría del Espíritu Santo, con la que se había llenado el Apóstol, y se quedó mudo y no podía ni siquiera abrir la boca para expresarse. Reconociendo la verdad, Fileto se humilló y, cuando regresó donde su maestro, le informó que nada había podido vencer a Jacobo, quien hasta le confirmó sus palabras con milagros. Además, Fileto le aconsejó a su maestro que abandonara sus conocimientos de hechicería y se convirtiera en discípulo de Jacobo. Pero el orgulloso Herniógenes llamó mediante sus conjuros a los demonios, a quienes les ordenó que retuvieran con ataduras a Fileto en cierto lugar, para que no pudiera moverse de este sitio, y agregó: “Veamos cómo va a librarte tu Jacobo.”
Secretamente Fileto hizo saber al Apóstol que estaba aprisionado por los demonios, por causa de los conjuros de Hermógenes. Al saber esto, el Apóstol le mandó su paño, indicándole que lo tomara y pronunciara las palabras, “El Señor suelta a los encadenados; el Señor levanta a los caídos” (Salmos 145:81). Apenas Fileto dijo estas palabras, cuando inmediatamente quedó libre de las invisibles ataduras porque los demonios, aterrorizados por el paño del Apóstol y por el poder de las palabras pronunciadas, soltaron de sus ataduras a Fileto y huyeron de él. Entonces Fileto, riéndose de Hermógenes, fue donde el Santo Jacobo y, luego de aprender de él la sagrada fe, se hizo bautizar.
No obstante, Hermógenes, lleno de gran ira y cólera, evocó a los demonios que le servían y les ordenó que a Jacobo y Fileto los llevaran atados donde él. Pero cuando los demonios se aproximaron a la morada donde estaban el Santo Jacobo y Fileto, el ángel del Señor inmediatamente atrapó por orden de Dios a los demonios y, una vez que les puso ataduras invisibles, comenzó a atormentarlos. Entonces los demonios, torturados por el poder de Dios, imploraron para que todos oyeran: “Jacobo, Apóstol de Cristo, ten misericordia de nosotros; porque nosotros vinimos a atraparte a ti y a Fileto por órdenes de Hermógenes; y mira, ahora nosotros estamos fuertemente atados y sufrimos crueldad.” El Santo Jacobo les dijo entonces a los demonios: “¡Que el ángel de Dios, que los ató, los suelte de vuestras ataduras, para que vayáis y traigáis donde mí a Hermógenes, sin hacerle daño!” Los demonios inmediatamente se soltaron de sus ataduras, y fueron donde Hermógenes y lo prendieron; atado, lo llevaron ante el Apóstol en un abrir y cerrar de ojos y luego le pidieron a este que les permitiera vengar sus aflicciones en el malvado. El Apóstol les preguntó a los demonios por qué no lo habían atado como Hermógenes se los había ordenado. Los demonios le contestaron: “Nosotros no podemos tocar ni siquiera a una mosca en tu casa.”
Entonces el Apóstol le dijo a Fileto: “Nuestro Señor nos ha ordenado hacer el bien por el mal; por eso, suelta a Hermógenes y líbralo de los demonios.” Después el Apóstol le dijo a Hermógenes: “Nuestro Señor no desea tener siervos a la fuerza, sino que desea tener siervos voluntarios, por lo tanto, vete a donde quieras. Pero Hermógenes le contestó: “Apenas salga de tu casa, los demonios me van a matar, porque sé cuán grande es su ira y también sé que me será imposible escapar de ellos si tú no me defiendes.” Entonces el Apóstol le entregó el bastón que había usado en sus viajes. Hermógenes fue con este bastón a su casa, por lo cual en el camino no sufrió ningún mal a manos de los demonios. Así, reconociendo el poder de Cristo y viendo la impotencia de los demonios, Hermógenes reunió todos sus libros de hechicería, se los llevó al Santo Jacobo y, cayendo ante sus pies, le imploró: “Verdadero siervo del verdadero Dios, que libras a las almas de la perdición, ten piedad de mí y acepta a tu enemigo como discípulo.” Luego de aprender de Jacobo la sagrada fe, Hermógenes recibió el bautismo, quemó sus libros de hechicería por órdenes del Apóstol y se convirtió en verdadero siervo de Cristo, a tal punto que llegó a realizar milagros mediante el nombre de Jesucristo.
Los judíos, al ver lo acontecido, se encolerizaron mucho y convencieron al rey Herodes Agripa para que iniciara una persecución contra la Iglesia de Cristo e hiciera matar a Jacobo. Entonces “Herodes echó mano a maltratar a algunos de la Iglesia para maltratarles. Y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan. Y viendo que esto había agradado a los judíos, procedió a prender también a Pedro” (Hechos 12:1-3).
Eusebio, el obispo de Cesárea de Palestina, refiriéndose a Jacobo, escribe que cuando fue condenado a muerte por Herodes, cierto hombre llamado Josías, uno de los que calumnió al Apóstol ante Herodes, viendo el valor y osadía del Santo Jacobo y reconociendo su inocencia y santidad, así como la verdad de las palabras que decía con respecto a la llegada de Cristo el Mesías, comenzó a creer en Cristo y se convirtió en confesor del Señor. Pero fue inmediatamente condenado a muerte, junto con Jacobo. Cuando ambos se dirigían al lugar de ejecución, encontraron a un paralítico que reposaba a un lado del camino, y el Santo Apóstol lo sanó. Cuando ellos reclinaban su cabeza bajo la espada, Josías suplicó al Santo Jacobo para que le perdonara el pecado que había cometido en su descreimiento; es decir, cuando lo había calumniado ante el rey. El Apóstol, abrazándolo y besándolo, le dijo: “¡La paz sea contigo.” Luego ambos, colocando su cabeza bajo la espada, terminaron su vida juntos. Esto aconteció por la providencia de Dios en el año 44 d.C.
Después de la decapitación, el cuerpo del Santo Apóstol Jacobo fue tomado por sus discípulos y, como Dios lo permitió, fue llevado a España, donde hasta hoy día se producen curaciones y milagros en su tumba, para la gloria de Cristo Dios, quien, con el Padre y el Espíritu Santo, es glorificado por siempre por toda la creación. Amén.
Tropario Tono 3: Fuiste discípulo elegido del Señor y hermano unigénito del Teólogo querido, alabadísimo Jacobo (Santiago), a los que te cantan, pide la remisión de los pecados y gran misericordia a nuestras almas.
Kontaquio Tono 2: al oír la divina voz que te llama, oh glorioso Jacobo, desatendiste el amor de tu padre y acudiste con tu hermano donde Cristo; y ambos fueron honrados para presenciar la divina transfiguración del Señor.
Megalinarion: En el monte Tabor, oh Santo Jacobo, escuchaste al Señor Dios proclamar abiertamente a su Hijo. A él anunciaste con coraje ante los hijos de Judá, oh mártir, Apóstol y verdadero iniciado.
