DIOSAS GRIEGAS

Basado en los arquetipos descriptos por Jean Shinoda Bolen en “Las Diosas de Cada Mujer”.
Artemisa-Atenea-Hestia-Hera-Deméter-Perséfone-Afrodita
 
Las Diosas griegas son los modelos más acabados que reflejan los roles de la mujer actual. Punto de inflexión entre la antigua Era de la Diosa y el comienzo del patriarcado, los dioses del Olimpo marcaron la tipología más exacta respecto de cómo debían ser los hombres y las mujeres en un nuevo mundo diseñado para funcionar bajo estructuras rígidas de poder.
 
 
 
Jean Shinoda Bolen fue una de las pioneras en aplicar el estudio de las diosas a la psicología femenina, consciente de que a través del conocimiento de las deidades femeninas que se veneraban en la más remota antigüedad y de sus ancestrales ritos matriarcales, las mujeres podemos recuperar nuestra autoestima, perdida durante tantos siglos de dominación patriarcal y menosprecio por lo femenino, transformando las viejas creencias que nos limitan y recuperando todo nuestro potencial.
 
 
Tras años de estudio e investigación, la analista descubrió que al vernos reflejadas en las diosas griegas podíamos encontrar la raíz de muchas de las paradojas que envuelven la vida de la mujer actual.
 
 
Se espera de nosotras que seamos hermosas, como Afrodita;  fuertes como Atenea o Artemisa; maternales como Deméter; dependientes como Perséfone; femeninas y espirituales como Hestia; esposas perfectas como Hera… Pero estas expectativas ajenas nos conducen a experimentar una fuerte división de la personalidad, atrapada entre polaridades e inmersa en un mar de actividades que lejos de guiarnos hacia la realización de nuestras metas nos produce sentimientos de frustración e impotencia.
 
 
El panteón griego marca un punto de transición entre los cultos de orientación matrifocal y el triunfo del patriarcado.
 
 
En él encontramos tres grupos de diosas, según la definición de la analista jungiana, Jean Shinoda Bolen, quien estudió estos aspectos en su libro “Diosas en Cada Mujer”.
 
 
Ellas son Artemisa, Atenea y Hestia, como arquetipos de mujeres independientes; Hera Deméter y Perséfone, diosas vulnerables y Afrodita, diosa alquímica que aparece en el momento en que necesitamos abrirnos al amor.
 
 
 
Las griegas sintetizan los aspectos desmembrados de la Gran Diosa. Desde entonces, podemos decir que las mujeres fuimos “etiquetadas” y cumplimos los distintos roles que nos son propios de un modo desintegrado. Fuimos enajenadas de nuestra esencia y actuamos en consecuencia, sobre la base de esos patrones.
 
 
 
Ellas son fuertes modelos que rigen nuestra conducta a lo largo de toda nuestra vida. Es por eso que resulta muy importante para todas nosotras llegar a conocerlas.
Published in:  on July 17, 2009 at 6:36 pm Leave a Comment

Imágenes de Tláloc en el muralismo

Mexicano del siglo xx
Itzel Rodríguez Mortellaro
 
 mural
 

En el siglo xx, el movimiento muralista integró a su repertorio temas de la mitología indígena antigua. Personajes e historias de antaño adquirieron nuevos sentidos culturales y contribuyeron a imaginar una nación mestiza y moderna. En la escenificación de la identidad cultural mexicana, Tláloc fue uno de los protagonistas.
 
 
Mediante una síntesis plástica en la que se ven elementos naturales, símbolos alquímicos, plantas, animales y seres humanos, la vida está
simbolizada por Tláloc y el medio acuático. Francisco Eppens. Tláloc (detalle). Facultad de Medicina de la UNAM, 1952.
Foto: Boris de Swan / Raíces
 

En el Bosque de Chapultepec, en un espejo de agua, Tláloc realiza la danza ritual que propiciará la vida. Ofrece alimento a los seres humanos y su cuerpo –un altorrelieve cubierto de piedras naturales, azulejos y material marino– está rodeado por un mosaico multicolor con gotas de lluvia, milpas florecientes, serpientes, caracoles marinos y líneas ondulantes. Esta fuente, creada por Diego Rivera, rinde homenaje a la antigua deidad indígena y es icono de la identidad cultural del México moderno.
 
En 1951, cuando la fuente de Tláloc fue inaugurada, la incorporación de mitología indígena al discurso cultural hegemónico se encontraba en un punto culminante. Desde algunas décadas atrás, el legado del pasado indígena se usaba para conferir el prestigio y la fuerza de un tiempo fundador en el cual se fijaron naturalezas y eternidades, y se otorgó una dimensión trascendente a la cultura y devenir nacionales.
 

Desde los años revolucionarios comenzó a imponerse la creencia de que el pasado remoto y el presente estaban unidos por una continuidad cultural que se expresaba principalmente en el plano espiritual, así como en el sentimiento artístico. Sobre los cimientos del panteón liberal se dio relevancia a ciertos mitos de cuño indígena –procedentes en su mayoría del Altiplano Central– que se reinterpretaron en términos de reflexiones modernas y cuya representación contribuyó a establecer la idea de una cultura nacional mestiza con raíz indígena.
 
En el campo del arte, personalidades como Saturnino Herrán, Diego Rivera, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo, David Alfaro Siqueiros, Carlos Mérida, Frida Kahlo y después Juan O’Gorman, José Chávez Morado, Francisco Eppens, entre otros, actualizaron el sentido simbólico de la antigüedad indígena para configurar mensajes públicos o privados.
 
El movimiento muralista que se inició en la década de 1920 incorporó el mundo sagrado prehispánico con un sentido alegórico. Paulatinamente cobraron presencia plástica Xochipilli, Quetzalcóatl, Huitzilopochtli, Coatlicue, Tzontémoc, Tláloc, Tlazoltéotl, así como águilas, serpientes y jaguares. Ciertos personajes mitológicos fueron referentes simbólicos de nociones de actualidad filosófica, política y cultural, tales como civilización, militarismo, humanismo, evolución, vida, eternidad, muerte, etcétera. Es decir, al sentido original se adhirieron significados afines a necesidades contemporáneas. Para mediados de siglo, pasajes y personajes de la historia y mitología indígenas eran temas convencionales del muralismo que podía verse en Ciudad Universitaria, el desaparecido Multifamiliar Juárez, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y otros inmuebles.
 
Los rostros de Tláloc
 

Una representación temprana del dios de la lluvia se encuentra en Estados Unidos, en los murales que pintó José Clemente Orozco entre 1932 y 1934 en el Dartmouth College de Hanover, New Hamp-shire. En esta obra, la historia de Quetzalcóatl es fundamental para la Épica de la civilización americana, tema del programa mural. En el principio de la narración, se ve al hombre-dios entre deidades principales: Xipe-Tótec, Tezcatlipoca, Tláloc, con cuerpo humano y dos serpientes que forman su máscara, Mictlantecuhtli, Huit-zilopochtli, Huehuetéotl. Orozco, imbuido de esoterismo, se vale de los atributos de los dioses para configurar la trascendencia del liderazgo profético de Quetzalcóatl, el civilizador. Cada personaje simboliza una potencia alquímica que participa en la trasmutación espiritual del héroe. Tláloc contribuye con la fuerza del agua y del rayo. A fines de esa década, una máquina aniquiladora, configurada a partir de los rasgos característicos de Tláloc, transmite una aterradora visión. En los murales que pintó David Alfaro Siqueiros en la sede del Sindicato Mexicano de Electricistas, D.F., se denuncia la miseria humana que conllevan la guerra, el fascismo y el imperialismo. Se ven hombres como autómatas, destrucción y violencia.
 
 

 

Published in:  on March 18, 2009 at 12:26 am Leave a Comment

Ch’a Cháak

Plegaria por la lluvia en el Mayab contemporáneo
Mario Humberto Ruz
 
 
 
 
 
Alegoría del universo, el altar donde se centra la ceremonia figura la bóveda celeste (arcos), el espacio comunal (mesa), los montes vecinos (hojas) y el inframundo (parte baja de la mesa, cuyas patas se hunden en la tierra). Gracias a los bejucos, beelcháak, “caminos del rayo”, se une a los puntos cardinales donde habitan los cháako’ob, señores de la lluvia, guardianes de las aguas.
 
Foto: Mario Humberto Ruz
 
 chacchac
 
 
 
 
 
De profunda raíz prehispánica, aun cuando entremezclada con signos y símbolos cristianos, el Ch’a Cháak, ceremonia de petición de lluvias que se realiza cada año en la península de Yucatán, tiene como objetivo asegurar la benevolencia de las deidades de la lluvia –encabezadas por Yuum Cháak– a fin de contar con el agua necesaria para la supervivencia humana y, con ella, del universo todo.
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El culto a las deidades de la lluvia en la Montaña de Guerrero

Samuel Villela Flores
 
 
 
En la región interétnica conocida como Mixteca nahua tlapaneca o Montaña de Guerrero se practican actualmente rituales propiciatorios a las deidades de la lluvia que tienen como fundamento una cosmovisión centrada en el cultivo de la milpa. Estos rituales, con una vigencia muy extendida entre los pueblos de la región, se sustentan también en una mitología centrada en la figura de San Marcos y su felino, así como en el simbolismo de la cruz.
 
 
 zitlala
 
 
La pelea o porrazo del tigre, un evento gladiatorio para propiciar la lluvia, se escenifica en fechas asociadas al inicio del calendario agrícola. Los participantes están conscientes, abierta o soterradamente, de que los tigres pelean para que el dolor, el sufrimiento físico y la eventual sangre derramada sean ofrendas a la deidad para que ésta, a su vez, otorgue la lluvia y sus bienes. Pelea de tigres en Zitlala. 5 de mayo de 2008. Foto: Samuel Villela F.
Published in:  on at 12:19 am Leave a Comment

Dioses de la LLuvia: El culto a la lluvia en la Colonia

Santiago Apóstol fue el santo que los españoles adoptaron como su protector en España y en la conquista de América. En el evangelio de San Lucas, se le llama Boanerges, “Hijo del Trueno”, característica por la que se le asoció con el señor de la lluvia mesoamericano, quien controlaba el rayo y su trueno. Santiago Apóstol, templo de Tonantzintla, Puebla.

 colonia
 
Foto: Marcela Aguilera
 
 
 
Los santos conquistadores y dominadores
 
Las primeras devociones cristianas en la historia surgieron ligadas a muy antiguas creencias en que las deidades de los cultos ancestrales tomaron cuerpo en las figuras de los santos católicos. Así, de los dioses babilonios, medos, persas, griegos, romanos, celtas, iberos, galos, germanos, vikingos, vándalos, hunos y de muchos otros grupos humanos, resultaron santos ligados a las necesidades más imperiosas, pues la naturaleza parecería requerir estas mediaciones para funcionar equilibradamente, sobre todo en lo concerniente a los regímenes agrícolas relacionados con las lluvias, las secas, las nevadas o las heladas.
 
 
Los campesinos, paralelamente a los principios dogmáticos y doctrinales, establecieron gradualmente cultos populares para resolver sus problemas apremiantes. No resulta extraño entonces que cuando la temporada de lluvias era ya excesiva y amenazaba los campos, se buscara la mediación de alguno de esos personajes para cumplir con los rituales establecidos desde tiempos inmemoriales, aunque revestidos de elementos cristianos, constituyendo un acervo cultural intrincado pero efectivo.
 
Todo ese cúmulo de creencias, mitos, cultos, actitudes y devociones pasó íntegramente al Nuevo Mundo, coincidiendo no pocas de esas manifestaciones con las que por estas tierras se acostumbraban, de tal manera que en un sincretismo relativamente acelerado, vinieron a quedar en un cuerpo de religiosidad popular que persiste de modo consistente hasta nuestros días.
En las naves de Hernán Cortés llegó la devoción a Santiago el Mayor, patrono y protector de España, principalmente para la reconquista de las tierras ocupadas por los musulmanes. El buen apóstol Jacobo o Yago, primo de Jesucristo, hermano de Juan e hijo de Salomé y de Zebedeo, fue llamado por el evangelista Lucas: Boanerges, palabra que significa “Hijo del Trueno”. Haciendo honor a ese apelativo, como un relámpago apareció milagrosamente en la batalla de Clavijo, a cuya vista huyeron despavoridos los moros, dando ánimos a las huestes cristianas para emprender una lucha denodada por la recuperación de la península y ganándose el mote de “Matamoros”.
 
Apenas empezó su aventura el capitán Cortés, cuando a decir de los propios conquistadores, el apóstol participó en los primeros encuentros bélicos, como en Centla, donde Bernal Díaz comenta que sus compañeros lo vieron salir en brioso y albo corcel, y arremeter contra los chontales, que estaban a punto de infligir una contundente derrota a los hispanos; la aparición milagrosa dio un vuelco a la lucha y don Hernán salió airoso. Afirma el “historiador verdadero” que algunos juraron que era Santiago, pero otros dijeron que era San Pedro; sin embargo, él no lo vio: “tal vez por ser pecador”.
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Las fiestas del Posclásico a los dioses de la lluvia

Johanna Broda
 
 
Los mexicas son el único pueblo del Posclásico mesoamericano del que contamos con fuentes que describen detalladamente las fiestas dedicadas a los dioses de la lluvia. Estas fiestas se vinculaban con los ciclos del tiempo y del clima, el culto a los cerros y el ciclo agrícola. Mediante el ritual el hombre trataba de influir sobre el equilibrio de las fuerzas de la naturaleza para hacerlas propicias.
 
 
Los tlaloque eran los dioses de la lluvia y de las tempestades, que se originan en las altas montañas, y eran personificación y deificación de los cerros. También eran patronos de gremios profesionales.
 
posclasico
En los rituales eran representados por víctimas humanas o por sacerdotes.
 
a) Tláloc, b) Nappatecuhtli, c) Tomiyauhtecuhtli. Primeros Memoriales, ff. 261v, 264v y 267r.
 Reprografías: Marco Antonio Pacheco y Boris de Swan / Raíces
 
 
El Posclásico de Mesoamérica fue un mundo complejo, presidido por la interacción de pueblos, migraciones, guerras y luchas por el poder. Esta sociedad era el producto de un proceso histórico de más de dos milenios que generó formaciones sociales estratificadas y los primeros estados mesoamericanos. En el Centro de México el Estado teotihuacano dejó su huella en aspectos socioeconómicos, políticos y religiosos de las sociedades que sucedieron a la gran metrópoli, aspectos que fueron reinterpretados posteriormente por los toltecas, los tolteca-chichimecas y los pueblos nahuas que dominaron el escenario político del Posclásico.
Los mexicas que construyeron su Estado a partir de Tenochtitlan, su capital, entre los siglos XIV y XVI, heredaron estas complejas tradiciones históricas. En su centro simbólico del Templo Mayor, el dios de la lluvia, Tláloc, era la principal deidad, venerada al lado de Huitzilopochtli. Este culto tiene antecedentes en Tula y Teotihuacan, y aun en los arcaicos relieves en roca del santuario de Chalcatzingo, que pertenece al horizonte olmeca del Altiplano Central.

Por otra parte, los mexicas son el único pueblo del que disponemos, gracias a la labor de los cronistas españoles del siglo XVI, de detalladas descripciones del ciclo anual de fiestas.
Entre éstas destacan los textos de fray Bernardino de Sahagún y fray Diego Durán. Sus descripciones pueden ser completadas por imágenes de algunos códices, como el Borbónico, o los Primeros Memoriales de Sahagún, fuentes invaluables que escaparon a la destrucción iconoclasta de los conquistadores. En otros pocos códices prehispánicos del Altiplano Central o de Oaxaca que sobrevivieron al cataclismo de la conquista, no existe lamentablemente ningún registro comparable al caso mexica. Por lo tanto, en este breve ensayo nos basamos en el material mexica y en la interpretación de esas fiestas que he elaborado a lo largo de muchos años (Broda, 1971, 1987, 2001, 2004).
 
El ritual y las fuerzas de la naturaleza

El estudio del ritual nos permite acercarnos a la compleja cosmovisión de la sociedad prehispánica, en la que el hombre trataba de influir ritualmente en el equilibrio de las fuerzas de la naturaleza para hacerlas propicias.
Las fiestas aztecas eran representaciones dramáticas de un enorme poder sugestivo, bajo cuyo encanto actuaban sacerdotes, espectadores y víctimas. Este efecto dramático hace comprensible los ritos sangrientos que formaban una parte central del culto. Las víctimas no se sacrificaban simplemente a los dioses, sino que eran la representación viva de éstos, de manera que los dioses mismos eran sacrificados en el ritual.
 
Por medio de su sacrificio se querían provocar los fenómenos que regían o personificaban aquéllos. Los sacrificios humanos no fueron nunca actos de devoción, sino que se les atribuía una fuerza causal que debía producir los efectos deseados; estaban basados en el principio mágico del do ut des (“doy para que des”).

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Aguas petrificadas

tenochtitlan
Las ofrendas a Tláloc
enterradas en el Templo Mayor de Tenochtitlan
Leonardo López Luján
 
 
 
Lluvias escasas, lluvias excesivas, lluvias inoportunas: en estos tres fenómenos se resume buena parte de las pesadillas de las sociedades mesoamericanas que basaban su existencia en la agricultura de temporal. Las precipitaciones sólo eran bienvenidas cuando se registraban en cantidades adecuadas y en momentos precisos. Si no lograban conjugarse ambos factores, las consecuencias podían ser funestas y desembocar en hambrunas, mortandades o migraciones.
 
Mucha gente pereció durante la devastadora sequía del año 1 conejo (1454 d.C.), en tanto que otros se vieron en la necesidad de venderse a los totonacos a cambio de maíz. Códice Telleriano-Remensis, f. 32r. Reprografía: Marco Antonio Pacheco / Raíces
 

 
 
El Códice Florentino ilustra de manera elocuente la angustia con que los pueblos de la Cuenca de México se referían a un periodo de sequía extrema:
 
 
Todos andan desemejados y desfigurados. Unas ojeras traen como de muertos. Traen las bocas secas, como esparto, y los cuerpos, que se les pueden contar todos los huesos bien como figura de muerte… No hay nadie a quien no llegue esta aflicción y tribulación de la hambre que agora hay… Y los animales, señor nuestro, es gran dolor de verlos que andan azcadillando y cayéndose de hambre, y andan lamiendo la tierra de hambre…
Es también, señor, gran dolor de ver toda la haz de la tierra seca. Ni puede crear ni producir las yerbas ni los árboles, ni cosa ninguna que pueda servir de mantenimiento… No parece sino que los dioses tlaloques lo llevaron todo consigo y lo escondieron donde ellos están recogidos en su casa, que es el Paraíso Terrenal (Sahagún, lib. VI, cap. VIII).
 
 
El carácter imprevisible de los regímenes pluviométricos dio un sello característico a las religiones de Mesoamérica. A lo largo de los siglos existió en ese vasto territorio una verdadera obsesión por controlar las precipitaciones, apelando a las fuerzas de la sobrenaturaleza. Y, claro está, los mexicas no fueron la excepción: en nueve de los dieciocho meses que integraban su calendario agrícola, tenían lugar ceremonias que pretendían propiciar la lluvia y la fertilidad. Casi todas las plegarias, las ofrendas y los sacrificios de niños de estos meses estaban dirigidos a Tláloc, dios de la lluvia y personificación de la tierra. Se le invocaba generalmente como “El Dador”, pues proveía de todo lo necesario para la germinación de las plantas. Enviaba lluvias y corrientes de agua desde el Tlalocan, lugar de niebla, abundancia infinita y verdor perenne. De acuerdo con el Códice Florentino, el Tlalocan era una montaña hueca y repleta de agua que tenía como réplicas todas las elevaciones del paisaje:“Y decían que los cerros tienen naturaleza oculta; sólo por encima son de tierra, son de piedra; pero son como ollas, como cofres están llenos de agua…” (Sahagún, lib. XI, cap. XII, § 1).
Es por ello que las peticiones de lluvia se hacían en montes, cuevas, manantiales y remolinos de agua, lugares todos de la geografía sagrada desde donde era factible la comunicación con Tláloc.
 
El Templo Mayor como réplica del monte sagrado
 
Para los habitantes de la Cuenca de México, la pirámide principal de Tenochtitlan era el centro por antonomasia de propiciación a las divinidades pluviales. Simbolizaba un monte sagrado donde residían Huit-zilopochtli y Tláloc, los dos principales númenes protectores del pueblo mexica. Formalmente, la mitad norte de la pirámide evocaba una eminencia que atesoraba en su interior al mundo acuático: su plataforma estaba decorada con esculturas de basalto que representaban ranas azules y serpientes de jade, además de grandes braseros de mampostería con el busto de Tláloc; sus taludes tenían bajorrelieves de chalchihuites y remolinos, así como piedras saledizas que simulaban un relieve fragoso, y su capilla alojaba las imágenes de las deidades de la lluvia y del maíz.
Cada vez que el Templo Mayor era agrandado, los arquitectos tenían el cuidado de repetir la estructura previa y, en esta forma, reproducir ese monte artificial erigido sobre un manantial tras la fundación de la ciudad insular. Sin embargo, la semejanza formal no era el único requisito que esta pirámide debía cumplir para conservar su calidad de espacio sagrado. Además, era indispensable cumplir, durante su ampliación y su dedicación, ciertos rituales que repetían las aventuras míticas del dios del sol y el de la lluvia.
Para ilustrar esta clase de rituales, describiremos a continuación dos conjuntos de ofrendas exhumadas por el Proyecto Templo Mayor en la mitad norte de la pirámide. Dichas ofrendas son precisamente los vestigios materiales de las ceremonias que, por un mecanismo de magia simpática, intentaban recrear el mundo acuático y las acciones de los tlaloque, confiriéndole al nuevo edificio las cualidades de una montaña desde la cual se generasen las nubes, las lluvias y, en consecuencia, la fertilidad de la tierra.
 
 
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Localización de las ofrendas de cofres de piedra y de ollas azules en el Templo Mayor de Tenochtitlan. Dibujo: Proyecto Templo Mayor / INAH
 
 
 
Cofres de piedra: bodegas de los mantenimientos
 
El primer conjunto consta de tres ofrendas: la 18, la 19 y la 97. Cada una de ellas reúne esculturas antropomorfas y cuentas de piedra verde, animales marinos y escasos restos de copal. Estos objetos se encontraron dentro de cofres cuadrangulares de piedra, cuyas superficies están alisadas con estuco. Los cofres fueron enterrados bajo las cabezas monolíticas de serpiente que descansaban sobre la plataforma de la etapa IVa del Templo Mayor: la 18 y la 19 en el centro de la fachada oeste y la 97, en el centro de la fachada norte. Las tres ofrendas formaron parte de una misma ceremonia que se realizó alrededor de 1469 d.C., poco antes de ser terminada una ampliación que se puede atribuir a Motecuhzoma Ilhuicamina o a Axayácatl.
Entre todos los dones sobresalían las esculturas antropomorfas de piedra verde: 13 en la ofrenda 18, la misma cantidad en la 19 y 14 en la 97. Pertenecen al tipo M-4 del estilo Mezcala. Antes de enterrarlas definitivamente dentro de los cofres de piedra, los mexicas las pintaron cuidadosamente con pigmentos azul, rojo, ocre, blanco y negro. Delinearon tocados, anteojeras, bigoteras y fauces, confiriéndoles así atributos propios de los dioses de la lluvia. A continuación, colocaron estas imágenes cuidadosamente en posición vertical, recargadas sobre la pared norte de cada cofre y orientadas hacia el sur. Frente a ellas dispusieron abundantes cuentas de piedra verde y animales marinos. La ofrenda 18 contenía 173 cuentas, en la 19 había 109 y en la 97 un total de 110. También fueron recuperados 1 041caracoles en la ofrenda 18, 1 118 en la 19, y 65 caracoles y 275 conchas en la 97. En esta última ofrenda había asimismo fragmentos de coral y de cartílago rostral de pez sierra.
En la actualidad no existe mucho lugar a discusión en cuanto al significado acuático y de fertilidad de las cuentas de piedra verde y de la fauna oceánica. En lo referente a las cuentas, el Códice Florentino consigna la creencia de que las piedras verdes tenían la doble propiedad de atraer y exudar humedad. De hecho, el chalchíhuitl fungía como uno de los símbolos por excelencia de la fecundidad.
En relación con los cofres cuadrangulares, éstos eran empleados por los mexicas para atesorar cosas de gran valor. Los utilizados en el hogar eran de cestería (petlacalli) y ocultaban de las miradas las pertenencias familiares más preciadas, como joyas de oro, plata y piedras semipreciosas, mantas y vestidos de algodón, y plumas finas. Cofres semejantes, aunque más pequeños, servían para exhibir públicamente los cabellos (el alma: tonalli) de los enemigos capturados por el jefe de familia. En sentido metafórico, con la palabra petlacalli se aludía al inframundo donde residían los antepasados; a la casa en que vivía la hija casta; al vientre de la madre que alojaba al bebé; al pecho del individuo que daba sabios consejos; al dios que dispensaba riquezas, y a las personas reservadas o que sabían guardar secretos. Petlacalco era también el nombre de las alhóndigas del palacio real.
Los cofres para los rituales públicos se hacían normalmente de piedra (tepetlacalli).
 
Sus paredes pueden ser lisas o estar decoradas con bajorrelieves tanto en sus caras internas como externas. En ocasiones, los símbolos cósmicos convierten al cofre en una verdadera imagen a escala del universo. También abunda la iconografía relativa a la realeza, el autosacrificio, lo precioso, la fertilidad y el calendario. Esto ha hecho pensar que allí se colocaban ya punzones ensangrentados, ya restos incinerados de gobernantes supremos. Según las fuentes escritas, algunos cofres de piedra servían efectivamente como depósitos funerarios, en tanto que otros eran empleados para sepultar los cadáveres de niños ofrendados a Tláloc. Como veremos más adelante, los códices muestran igualmente imágenes de cofres en contextos de agua y fertilidad.
El sentido religioso de las ofrendas 18, 19 y 97 nos es revelado por un rezo dirigido a Tláloc que se encuentra en el Códice Florentino. En él se pone énfasis en la crueldad de las deidades pluviales al esconder las lluvias y los mantenimientos en su bodega subterránea de piedra, dejando a los hombres desprovistos de alimento:
 
Oh Persona, oh Señor Nuestro, oh Dador, oh Verde, oh Señor del Tlalocan, oh El de Yauhtli, oh El de Copal, que en verdad ahora los dioses, los proveedores, los de hule, los de yauhtli, los de copal, nuestros señores ahora se han metido en la caja, se han encerrado en el cofre, escondieron para sí las cuentas de piedra verde, los brazaletes, las turquesas finas (Sahagún, lib. VI, cap. VIII).
Este rezo nos recuerda el mito en que Huémac, el soberbio gobernante de Tula, vence a los tlaloque en el juego de pelota y desprecia el maíz que éstos le ofrecen por haber sido derrotados. Afrentados, los tlaloque le responden: “Bien está; por ahora escondemos nuestros chalchihuites; ahora padecerá trabajos el tolteca…” (Leyenda de los Soles, 1992, pp. 126-127). Acto seguido provocan una terrible helada y una sequía que duraría cuatro largos años.
Estos pasajes contenidos en las fuentes del siglo XVI son lo suficientemente explícitos como para permitirnos inferir que nuestras tres ofrendas (cofres que encierran a los dioses de la lluvia junto con cuentas de piedra verde y animales marinos) formaron parte de una ceremonia de traslación al Templo Mayor de las propiedades del monte sagrado como bodega de los mantenimientos. Refuerzan esta interpretación las imágenes pictográficas de cofres en contextos de agua y fertilidad. Con este sentido, la tierra es representada como un tepetlacalli en la lámina 28 del Códice Borgia y Tonacatecuhtli-Tonacacíhuatl aparece pariendo un cofre de riquezas en la lámina 61 del mismo documento.
 
Datos igualmente relevantes proceden de las ceremonias que los actuales nahuas de Morelos llevan a cabo en honor de los “dueños del agua”, espíritus enanos llamados ahuauhque. A principios de mayo, los habitantes de Tlaxictlan ofrecen alimentos, juguetes, utensilios en miniatura y flores a estos espíritus. Con ese fin hacen peregrinaciones a siete lugares sagrados. Tres de ellos son manantiales y se localizan al norte, en el Cerro de Chalchiuhtlan (“el lugar de las piedras verdes”). El cuarto santuario, ubicado en la aldea misma, está compuesto por un pozo y una grieta. Los tres restantes son cavernas que se encuentran en los flancos del Tepepolco, literalmente “el lugar donde abundan los cerros”. Resulta interesante que los habitantes de la región conciban dichas cuevas como almacenes repletos de maíz y, a la vez, como sitios de donde sale la humedad en forma de nubes. Pero lo realmente sorprendente es que estos siete santuarios de los dioses del agua sean designados con el nombre genérico de tepetlacalco, literalmente “el lugar del cofre de piedra”.
 
Hasta ahora no hemos encontrado una respuesta satisfactoria que explique la recurrencia de las 13 o 14 imágenes de tlaloque en el interior de cada cofre. Sin embargo, existen pistas interesantes tanto en la iconografía prehispánica como en la etnografía del México moderno. Así por ejemplo, durante el Clásico maya, el Dios del Número 13 era representado como una serpiente fantástica que a veces sostenía el glifo tun sobre la cabeza y que estaba directamente relacionada con el agua. En la actualidad, los nahuas de las montañas septentrionales de Puebla designan con el número 13 al lugar más cercano al Talocan, el mundo de los dioses de la lluvia, y con el 14 al lugar mismo. Otro indicio sugerente procede de la ceremonia que organizaron los habitantes de Xcalakoop, Yucatán, en 1959 para rogar a los dioses de la lluvia que no castigaran a los arqueólogos que habían profanado la cueva de Balamkanché, Yucatán. Durante una larguísima súplica, invocaron una y otra vez a los “trece señores chakes”, a los “trece santos balames”, a los “trece señores del manantial” que habitaban en el interior de la caverna, en “el lugar de los trece manantiales”.
 
Ollas azules: lluvia a cántaros
 
El segundo conjunto está integrado por seis ofrendas relativamente pobres: la 25, la 26, la 28, la 35, la 43 y la 47. Se encontraban en la mitad septentrional del Templo Mayor, o sea, en la parte correspondiente al santuario de Tláloc. Todas fueron enterradas en el relleno constructivo de uno de los cuerpos de la etapa III, alrededor de 1431 d.C. Esto significa que los sacerdotes las inhumaron durante las obras de ampliación que han sido adjudicadas a Itzcóatl.
Cada depósito tenía una olla globular y un cajete de cerámica, así como varias cuentas de piedra verde. Con antelación a su enterramiento, ollas y cajetes fueron salpicados con pigmento azul. Inmediatamente después, los oferentes introdujeron en su interior conjuntos de tres, cuatro o cinco cuentas de piedra verde. Por último, los dones fueron protegidos con tierra fina y, en algunos casos, con lajas o sillares, justo antes de quedar sepultados definitivamente por el núcleo del basamento.
La correlación de las ollas con el culto al dios de la lluvia es bastante clara. El nexo se deriva, primeramente, de su presunta función como contenedores de líquidos y de su coloración celeste.
 
En segundo término, debemos tomar en cuenta la posición septentrional de estos artefactos respecto al Templo Mayor: en varios documentos del siglo XVI, la imagen de la capilla de Tláloc está coronada con almenas en forma de jarras de agua. Asimismo, ollas similares a las descubiertas durante nuestros trabajos arqueológicos desempeñaban un papel fundamental en la veintena de etzalcualiztli, dedicada al dios de la lluvia. Según el Códice Florentino, casi al finalizar las celebraciones, los ministros del culto sacrificaban a quienes habían personificado a los tlaloque. El corazón de estas personas era depositado en vasijas pintadas de azul –llamadas “ollas de nubes”– que más tarde serían arrojadas junto con innumerables cuentas de piedra verde en el remolino de Pantitlan.
Las ollas globulares no eran los únicos recipientes asociados a las solemnidades del dios de la lluvia. Los habitantes de Tenochtitlan también emplearon vasos y jarras, de cerámica o de piedra, decorados con la faz de Tláloc o simplemente pintados de azul. Evidentemente, la elaboración de estas peculiares piezas no es exclusiva de los mexicas, sino que su producción se remonta a tiempos del Preclásico y se distribuye por la mayor parte del territorio mesoamericano. En el Centro de México, la fabricación de estos recipientes tiene profundas raíces. Beatriz Barba recuperó en el sitio de Tlapacoya, del Preclásico, lo que a su juicio pudieran ser los prototipos de las ollas Tláloc teotihuacanas. Se trata de extraños botellones antropomorfos de cerámica negra pulida que representan a un ser con grandes colmillos. Sin embargo, los primeros recipientes con innegables rostros del dios de la lluvia fueron producidos en Teotihuacan. Han sido encontrados en contextos de la fase Tzacualli (1-150 d.C.) tanto en Oztoyahualco como en la Pirámide del Sol. Con el paso del tiempo, las ollas Tláloc teotihuacanas adquirieron formas más complejas, y se produjeron en mayores cantidades y con mejores acabados.
La manufactura de este tipo de vasijas-efigie continuaría, después de la caída de esa urbe, a todo lo largo del llamado Epiclásico (650-900 d.C.). Entre ellas sobresalen los vasos efigie y las jarras de Xochicalco, Morelos. Durante el periodo Posclásico (900-1521 d.C.), estos recipientes alcanzaron su máxima difusión. Se les ofrendó por doquier, principalmente en templos, lagos, manantiales, cuevas y cerros. Por ejemplo, en las ruinas de Tula, la indiscutible capital del altiplano, del Posclásico Temprano, se han hecho varios hallazgos de esta naturaleza. Por su parte, los habitantes del valle de Puebla-Tlaxcala elaboraron falsas jarras Tláloc muy semejantes a las representadas en las láminas 27 y 28 del Códice Borgia. Estas piezas votivas, halladas en Tizatlán y Cholula, son figurillas moldeadas y planas con un asa burda en torsal.
Hasta aquí hemos discutido las connotaciones simbólicas de las ollas Tláloc y su amplia difusión en el tiempo y el espacio. No obstante, la comprensión del significado de las seis ofrendas del Templo Mayor sólo es posible con la ayuda de la información contextual. La clave central reside en la posición correlativa de los dones: las ollas fueron acostadas intencionalmente y los cajetes se colocaron en posición horizontal abajo de la abertura de las ollas. En otras palabras, registramos en cada ofrenda la presencia de una olla azul con cuentas de piedra verde en su interior, la cual estaba abatida sobre uno de sus costados y cuya abertura se asociaba a un cajete. Este hecho no debe sorprendernos, pues contamos con numerosos casos análogos en el recinto sagrado de Tenochtitlan. Por ejemplo, en la ofrenda 48, había 11 esculturas de tezontle que imitan jarras Tláloc, todas ellas recostadas intencionalmente sobre los cadáveres de cuando menos 42 infantes sacrificados.
El porqué de la posición inclinada de estos recipientes parece quedar claro en la descripción que se hace en la Historia de los mexicanos por sus pinturas acerca del mundo de las divinidades acuáticas:
 
Del cual dios del agua [Tláloc] dicen que tiene un aposento de cuatro cuartos, y en medio de un gran patio, do están cuatro barreñones grandes de agua: la una es muy buena, y de ésta llueve cuando se crían los panes y semillas y enviene en buen tiempo. La otra es mala cuando llueve, y con el agua se crían telarañas en los panes y se añublan. Otra es cuando llueve y se hielan; otra cuando llueve y no granan y se secan.
Y este dios del agua para llover crió muchos ministros pequeños de cuerpo, los cuales están en los cuartos de la dicha casa, y tienen alcancías [vasijas] en que toman el agua de aquellos barreñones y unos palos en la otra mano, y cuando el dios de la lluvia les manda que vayan a regar algunos términos, toman sus alcancías y sus palos y riegan del agua que se les manda, y cuando atruena, es cuando quiebran las alcancías con los palos, y cuando viene un rayo es de lo que tenían dentro, o parte de la alcancía (cap. II).
A partir de lo expuesto, puede proponerse que los sacerdotes mexicas representaron en estas seis ofrendas las alcancías de los tlaloque en una posición tal que simulan verter agua preciosa sobre la superficie terrestre. En Mesoamérica abundan datos que corroboran dicha propuesta. Destaca a este respecto el fragmento de un tepetlacalli mexica que se conserva en el British Museum. En una de sus caras se aprecia a Tláloc volando en medio de las nubes. Sujeta con una mano una olla, de la cual emergen copiosamente mazorcas y chorros de agua rematados con cuentas de piedra verde y caracoles.
Existen asimismo representaciones iconográficas similares en los murales de Teotihuacan y de Cacaxtla. En Tepanti-tla, por ejemplo, se pintó al dios de la lluvia asiendo ollas decoradas con su propio rostro. Y en el mural de la jamba norte del Edificio A de Cacaxtla, se puede admirar un personaje que sostiene con el brazo derecho una vasija decorada con un mascarón de Tláloc, de la cual brotan gotas de agua.
Las pictografías cuentan con escenas similares. Las láminas 27 y 28 del Borgia, que se refieren a los pronósticos del clima y las cosechas, muestran a los tlaloque produciendo diversos tipos de lluvia. El Códice Vaticanus A (f. 4v) nos muestra a Chalchiuhtlicue cuando inunda la faz de la tierra, poniendo fin de esta manera a la primera de las cinco eras de la cosmovisión nahua. En numerosas láminas de los códices mayas Dresde (láms. 36, 39, 43 y 74) y Madrid (láms. 9, 13 y 30) aparecen Chaac y la Diosa del Tejido, vaciando sobre la superficie terrestre el agua contenida en cántaros. De manera significativa, casi todas las escenas en cuestión se localizan en secciones dedicadas a los almanaques de campesinos y a la glorificación de la temporada de lluvias.
Para concluir, mencionemos que en la actualidad se llevan a cabo ceremonias en territorio oaxaqueño que mucho nos recuerdan los contextos oblatorios del Templo Mayor. Entre ellas destaca el procedimiento para hacer llover de los zapotecos de San Antonino Ocotlán. Allí, cada vez que escasea el líquido, un serrano que es tenido como nahual de belde nis (“culebra de agua”) entierra una olla en el cerro. Supuestamente, esta olla se convertirá con el paso del tiempo en un charco. Los chontales de Guiengola, en el istmo de Tehuantepec, siguen un método similar que ellos llaman “sembrar el agua”.
 
• Leonardo López Luján. Doctor en arqueología por la Universidad de París X-Nanterre. Director del Proyecto Templo Mayor, INAH. Junto con William L. Fash es coordinador del libro The Art of Urbanism: How Mesoamerican Cities Represented Themselves in Architecture and Imagery, que será publicado por Dumbarton Oaks.

 

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Tláloc y las metáforas para hacer llover en el Suroeste de Estados Unidos

 Polly Schaafsma
 
 
 
Los petroglifos del Tláloc del Suroeste de Estados Unidos tienen elementos escalonados yuxtapuestos que representan nubes; esos elementos, como si fueran el negativo de una película fotográfica, forman rayos, que dan a Tláloc su carácter de dios-tormenta. Los diseños de nubes recuerdan a los que hay en piezas de cerámica y en textiles. Distrito Otero, Nuevo México. Foto: Polly Schaafsma
 
 
 
La lluvia fue fundamental para la sobrevivencia de los agricultores del Suroeste estadounidense, quienes cultivaron maíz en un entorno árido; las peticiones a los seres sobrenaturales que la controlaban fueron también indispensables para que las cosechas prosperaran. Las ideas sobre el origen de la lluvia son similares en las sociedades agrícolas de Mesoamérica y el Suroeste de Estados Unidos, y traspasan las fronteras ecológicas entre las tierras tropicales, al sur, y la árida u Oasisamérica, al norte, todas las cuales dependían de las estaciones de lluvias.
Las cosmologías que definen los paisajes culturales y los rituales que aseguran buenas lluvias se vinculan ideológicamente en todo ese territorio, a pesar de sus distintas expresiones locales. El mundo conceptual “panamericano” sobre la lluvia, como todo sistema simbólico, condensa significados y se vincula a elementos que, a primera vista, parecerían ajenos a él. Numerosas deidades telúricas y ancestrales se relacionan con los cultos a la lluvia.
En el arte rupestre del Suroeste de Estados Unidos encontramos seres sobrenaturales donadores de lluvia, entre ellos una figura con anteojeras y los atributos del Tláloc mesoamericano. Se encuentran figuras de Tláoc en la mayor parte de los sitios Mimbres y Jornada Mogollón, al sur de Nuevo México y en lugares aledaños de Texas y Chihuahua, que van desde 1050 hasta 1400 d.C., aproximadamente. Se han encontrado también efigies de madera y piedra en las cuevas de esa zona. Se cree que esta versión del Suroeste estadounidense sobre Tláloc está estrechamente relacionada con los seres sobrenaturales enmascarados que hoy en día se conocen entre los indios pueblo como kachina, y que son considerados la manifestación corpórea de los ancestros que habitan el inframundo y retornan al mundo de sus descendientes como nubes que regarán sus sembradíos. Los dioses de la lluvia enmascarados en el Nuevo Mundo son de tiempos muy lejanos.
 
El Tláloc del Suroeste
norte
Los grandes ojos que caracterizan al Tláloc del Suroeste muestran un parecido formal con su contraparte mesoamericana. Es típica la cabeza de forma trapezoidal o rectangular sobre un torso también trapezoidal o rectangular, generalmente sin brazos ni piernas. A veces, sin embargo, estas representaciones de Tláloc elevan sus bracitos cortos. El torso del dios de la lluvia del Suroeste muestra generalmente motivos geométricos con elementos curvilíneos o escalonados que, a su vez, son parecidos a los diseños que vemos en los textiles y la cerámica. Las telas de algodón y las vasijas de barro, así como los diseños mismos, podrían ser representaciones de las nubes y de la lluvia. En algunos casos, los típicos ojos de Tláloc se interpretan como abstracciones libres que representan simbólicamente las nubes. Cuando los triángulos escalonados se yuxtaponen, se logra un diseño de rayo que sugiere que la identidad de la deidad toma el carácter de un dios-tormenta. En algunos casos vemos motivos de lluvia o nubes sobre sus cabezas y uno de ellos, poco usual, representa una figura humana ataviada con una falda decorada con “lluvia”.
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Tláloc en El Tajín, Veracruz

tajin
Sara Ladrón de Guevara
 
 
 
Los atavíos de las deidades de la lluvia de la costa del Golfo, como las anteojeras redondas y las fauces dentadas, son similares a las de los dioses de la lluvia venerados en el Centro de México. Tláloc. Castillo de Teayo, Veracruz. Cultura huasteca. Posclásico Tardío. Museo de Antropología de Xalapa. Museo de Antropología de Xalapa. Fotos: Rafael Doniz / Raíces
 
 
 
 
 
Los elementos que forman parte de la parafernalia de la deidad de la lluvia del Centro de México aparecen con claridad en diversas representaciones de la época prehispánica encontradas a lo largo de la costa del Golfo.
Al norte, en la Huasteca y durante el Posclásico, su representación es elocuente e inequívoca: en el bajorrelieve de Castillo de Teayo, Veracruz, lleva anteojera redonda y fauces dentadas, y sostiene en una mano la planta de maíz. Frente a él se ve a su consorte, quien también sostiene una planta de maíz y lleva la típica nariguera con forma de mariposa y falda de joyeles de Chalchiuhtlicue.
 
En otra representación procedente de San José Tuxpan, Veracruz, Tláloc aparece representado de tal manera que no cabe duda que se trata del dios reverenciado por los aztecas.
 
Pero aun en tiempos más tempranos, en representaciones de sitios que florecieron durante el Clásico en la costa del Golfo, lo mismo en el centro que en el sur de Veracruz, se pueden distinguir al menos algunos de los atributos de esta deidad.
 
En los murales de Las Higueras se ha reconocido a un personaje de anteojeras redondas y enormes colmillos, y en El Zapotal se ve un personaje en cerámica que porta las típicas anteojeras, pero ya que obviamente se trata de un ser humano, ha sido identificado como un sacerdote ataviado como la deidad.
 
El Tajín
Revisaremos aquí el amplio corpus plástico de El Tajín, sitio floreciente durante el Epiclásico, en el norte de Veracruz, que nos permite reconocer la semejanza del discurso estético y cosmológico de este sitio, y de la costa del Golfo en general, con el resto de Mesoamérica. El panteón de El Tajín presenta características iconográficas que se asocian con claridad con el del Centro de México y también con algunos elementos del panteón maya.
A pesar de que desde las exploraciones de don José García Payón, hacia los cuarenta del siglo XX, se sugirió que el sitio estaba dedicado al dios Huracán, presente entre las culturas del Circuncaribe y la maya, la revisión cuidadosa de las imágenes plasmadas tanto en escultura como en pintura permiten reconocer más bien a deidades que son más comunes en el ámbito mesoamericano.
 
Además, hay que considerar que la región de El Tajín presenta una incidencia de huracanes extremadamente menor a la de las regiones mencionadas, donde fue objeto de culto.
Los dioses de El Tajín se asemejan a los del Centro de México, como Mictlantecuhtli, Quetzalcóatl o Tláloc, o la deidad ave-hombre del área maya. Tláloc, por ejemplo, puede reconocerse en El Tajín por sus características anteojeras redondas y su boca dentada, típicas en representaciones del altiplano, lo cual es recurrente –como hemos mencionado– en otros sitios de la costa del Golfo desde la Huasteca, en el norte, hasta La Mixtequilla, en el sur. Las similitudes gráficas de sus atributos manifiestan sin duda similitudes conceptuales de la deidad.
Published in:  on March 17, 2009 at 11:59 pm Leave a Comment

Tláloc, el antiguo dios de la LLuvia y de la Tierra

Tláloc, el antiguo
dios de la lluvia y
de la Tierra en el
Centro de México
Guilhem Olivier

 
 tlaloc
 
Según el Códice Aubin, un relato en lengua náhuatl del siglo XVI, después de la aparición portentosa del águila sobre el nopal que señaló ante los mexicas el sitio de la fundación de Mexico-Tenochtitlan, un sacerdote llamado Axolohua fue sumergido en la laguna. Al día siguiente Axolohua volvió a aparecer y contó lo siguiente:
 
 “Fuí a ver a Tláloc, porque me llamó, dijo: Ha llegado mi hijo Huitzilopochtli, pues aquí será su casa. Pues él la dedicará porque aquí viviremos unidos sobre la tierra”.
 
 
De esta manera Tláloc, una de las deidades más antiguas de Mesoamérica, recibió a “su hijo” Huitzilopochtli, dios joven de los mexicas recién llegados, y anunció que ambos compartirían el dominio sobre la nueva capital. Aquí y en otros contextos como la caída de Tollan, Tláloc actúa como una deidad que otorga “el valor, el mando”, es decir, el poder, una función del dios de la lluvia que ha sido destacada por José Contel (2008).
 
Por lo anterior, el Templo Mayor de Tenochtitlan estaría compuesto por una gran pirámide doble, con dos “capillas” en su cúspide: una del lado sur, dedicada a Huitzilopochtli, y otra del lado norte, dedicada a Tláloc.
Ahora bien, conviene detenernos sobre la antigüedad de este dios en el Centro de México. Un hallazgo reciente en el sitio de La Laguna (Tlaxcala) es un fragmento de una máscara o de un incensario que representa el dios de la tormenta, antecedente del Preclásico (600-400 a.C.) de Tláloc (Carballo, 2007). Se encontraron en el sitio de Tlapacoya, también del Preclásico (en la Cuenca de México), botellones antropomorfos de cerámica que podrían ser los prototipos de las famosas ollas Tláloc que aparecieron en Teotihuacan.
 
La gran difusión hasta el Posclásico de este tipo de ollas a lo largo y ancho
de Mesoamérica ha sido estudiada por Leonardo López Luján (2006, I, pp. 140-143). Esos recipientes han sido hallados en los grandes sitios del México central como Teotihuacan, Tula y Xochicalco, pero también en lugares donde había manantiales, como Chapultepec, y en la cumbre de importantes montañas como el Cerro Tláloc, destacado santuario dedicado a esta deidad.
 
Además de las numerosas ollas Tláloc mencionadas, el dios de la lluvia fue representado en Mesoamérica también en pinturas murales (por ejemplo en Teotihuacan, en esculturas, en bajorrelieves y en códices. Los círculos alrededor de los ojos y los grandes colmillos constituyen rasgos característicos de Tláloc.
 
 
A partir del estudio de una estatua que se conserva en la colección Uhde en Berlín, Eduard Seler (1963) demostró que esos motivos se originaron a partir de dos serpientes enroscadas
–que formaron los círculos de los ojos– cuyas fauces encontradas crearon la boca de Tláloc. En los códices, su cuerpo está pintado de negro, de amarillo o de verde, lleva atavíos de papel salpicado de hule y su tocado se compone de ojos estelares, así como de plumas de quetzal y de garza. Tláloc ostenta muchos atavíos de jade –del cual se decía que era “el cuerpo de los tlaloque”–, símbolo del agua, como orejeras, collar, y también lleva un pectoral de oro. Entre los elementos que carga el dios destaca un palo serpentiforme, a menudo pintado de azul, que representa al rayo.
La iconografía de Tláloc
 
En distintos sitios arqueológicos, que abarcan desde el Preclásico hasta la conquista española, se han encontrado ollas Tláloc enterradas en muchas ofrendas. Algunas de esas ollas estaban llenas de piedras de jade que simbolizan el agua. A menudo, la posición acostada de esos recipientes parece aludir a la actuación de los tlaloque, que vertían con estas ollas el vital líquido sobre la Tierra. Olla Tláloc. Tula, Hidalgo. MNA.
 
Foto: Boris de Swan / Raíces
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